
Los últimos caleros de Toral de los Vados
Artículo basado en las aportaciones de Antonio Diñeiro (Malvas), Herminio Garnelo y Carlos Fernández
Ya había acabado casi el artículo, cuando entran unos chicos de unos 28 años en el bar, y no tenían ni idea de lo que era un calero. Por lo que de forma muy breve empiezo explicándolo. El término calero cuenta con varias acepciones en el diccionario de la RAE, de las que ahora nos interesan las siguientes, y en especial la última:
- 3. m. Hombre que saca la piedra y la calcina en la calera.
- 5. f. Cantera que da la piedra para hacer cal.
- 6. f. Horno donde se calcina la piedra caliza.
Antonio Diñeiro (Malvas)
El primer horno de cal que hubo en Toral de los Vados lo hizo Pepe Aller, en frente de donde estaban los tirantes del puente colgante de Cosmos, en la Bomba.
En este horno hubo dos muertos por asfixia. A consecuencia de las muertes desapareció el calero. Murieron al hacer la carga de noche. Al caer uno, el otro, al querer ayudarlo, también murió. Decían que si eran un hijo de Pepe Aller y un criado, pero no eso no lo pongas porque no lo sé fijo.
Veinte años después, Pepe Aller hizo otro en la Veiguiña. Lo hizo bastante pequeño, utilizando pizarra para la camisa del horno. Este lo tendría abierto entre el año 1928 y el 1931, para abrir otro en el camino al Navalin y que aun existe. Este lo tuvo abierto hasta 1935. En el primero tuvieron tres obreros, uno de ellos Maneco el de Calvo.
Esto es todo lo que recuerda Toño Malvas de los más antiguos caleros. Muy poco. Los datos, además, no tienen por qué ser exactos, y simplemente deben tomarse a título orientativo. Del que más se acuerda, como resulta lógico, es del que él tuvo en La Veiguiña.
Si el calero de Pepe fue el primero, “Caleras La Veiguiña” fue el nombre que recibió el último calero en Toral.
El mío se hizo en el año 1954, aunque estuvimos un año casi haciéndolo. Lo hizo un cantero al que llamaban Primitivo, de Pardollán. Le pagábamos 25 pesetas diarias y mantenido, a él y a otros tres más: Manuel, Alejandro y del otro no me acuerdo, también de Pardollán A estos se les pagaban 7 pesetas diarias.
Los socios del calero éramos Ángel Garnelo (el padre de Herminio) y yo. Trabajamos durante 4 años, hasta que se deshizo la asociación y un año después yo se la alquilé a las caleras asociadas siguientes: Caleras Bercianas, Arias, Cobas y CEDIE del Barco. Me pagaban una renta para estar cerrado. Pero me pagaron el primer año y después se acabó.
Antes de todo esto vendíamos la cal en Orense a los de Barte, en Carballino a la Viuda de Cortés, Ribadavia, Vigo y más; ¡ah! y también se vendía en Villagarcía de Arosa, a un amigo del padre de Pepín el de Prada.
A este cliente le mandábamos, unas dos veces al año, una pipa de vino (12 cántaros) metida en los vagones junto a la cal. Sin saber muy bien a lo que nos exponíamos, pues si el tren pegaba un topetazo ardía todo.
Bueno, te dejo que mañana me van a poner el tejao y tengo que hacer cosas…
Herminio Garnelo (O coxo)
Retomo la conversación días después con Herminio Garnelo.
Después de buscarle por Otero, lo encuentro a la sombra de los encinos en la zona del Perouchín, subido a su oficina móvil (su coche R-5). Lo digo porque tiene el coche lleno de carpetas, aunque la mejor carpeta en su impresionante memoria.
Para hacer el horno de mi padre hizo falta levantar solo tres paredes, porque la cuarta era la pared del monte. Las piedras eran de varias medidas, andaban por el metro y medio de ancho. El horno andaría por los 8×8 y 10 metros de alto. Dentro, separado por la cámara de aislamiento, iba con figura de un cubeto, pero con más barriga, la cámara de fuego donde se cocinaba la cal. Las piedras de la cámara eran de granito, traído de la cantera que hay en San Miguel de la Dueñas. Tuvimos a Primitivo dos semanas arrancando las piedras.
El espacio entre la pared y la cámara de fuego estaba rellenado de arena traída del Olmo, donde la subida primera pa Otero, y de escombros.
Para la puesta en marcha se contrató a un técnico que había estado en las caleras “Eggemberger” de Peña Mala, llamado Fidel Granja .
En el calero trabajaban hasta siete obreros, tres de Villadepalos, dos de ellos hermanos de Porfirio, Ignacio y Diego Gago. Ignacio fue de los mejores obreros que hubo de las estrellas para bajo; este y uno de Otero, Ángel Álvarez, eran los mejores. También trabajaron Gilberto Marrucas, Selo, Graciano de Penedelo y algunos más de Otero.
La producción iba en proporción al consumo. La capacidad de producción a pleno rendimiento podía ser de 5 a 6 toneladas diarias, pero en caso de mucha necesidad se podía llegar a las 10 toneladas.
El horno lleno llevaba 50 toneladas de piedras y tardaba 10 días en quemarlas. La primera cal tardaba en salir 7 u 8 días, las dos toneladas primeras no valían. Para comprobar si estaba bien la cal se rompía una piedra y si tenía corazón no valía.
Una vez conseguida la cal, si no se vendía de inmediato había que almacenarla y protegerla del agua (por descontado) y del aire. Teníamos un almacén que había que sellar con barro las puertas y ventanas. Si entraba el aire, reventaba la cal y ya no valía.
A parte de vender la cal, se vendían aun mejor los despojos, a 25 pesetas el carro, para la labranza. Esto sí que era bueno para las tierras, vaya diferencia a
ahora.
De esta calera salió el material necesario para construir el poblado de la mina de wólfram en la Peña del Seo, hoy en ruinas.
El último propietario del calero fue Arias, que compró además a Vicente Fernández la cantera Cristina 345 próxima al calero. Dichos negocios son hoy “Canteras y Concretos”.
Carlos Fernández
Cuando ya pensaba que no iba a conseguir nada más, hablé de este tema con Carlos, nuestro colaborador de página, y me comentó que podía precisar algunas cosas. Así que también transcribo lo que me contó.
En relación con el primer calero que cita Malvas (que yo no sabía dónde se situaba), la muerte de varias personas en su interior ha sido una noticia que se ha transmitido oralmente en Toral durante varias generaciones; creo que al menos todavía es recordada por la mayoría de los que superan los 60 años, aun cuando ni ellos ni en muchos casos sus padres vivían al producirse el trágico suceso.
Estamos hablando de 1895. La noticia fue tan impactante que se recogió en la prensa provincial y de ahí pasó a la regional y nacional, siendo publicada por ejemplo en La Correspondencia de España, La Época (ambos periódicos madrileños) o La Información (de Salamanca). El Porvenir de León narra así este suceso:
“Horrible Desgracia – En la mañana del día 3 del corriente mes de Mayo salieron del pueblo de Toral de los Vados dos mozos, tan trabajadores como virtuosos, en compañía de una hermana, joven de 15 años, y de un criado, con el objeto de prender fuego a un calero que tenían preparado no lejos del pueblo. Después que hacía ya rato que ardía, uno de los mozos ocupóse en seguir echando piedras al pozo y cayó en él, no se sabe si arrastrado por el peso de una de las piedras o desvanecido por los deletéreos gases. Apercibióse el criado y acudió presuroso en su auxilio, pero el venenoso gas debió también desvanecerlo, porque rodó al fondo del pozo, donde yacía exánime el primero; acudió el otro hermano y sufrió igual suerte, y entonces, loca de terror, comenzó a dar voces la chica; oyólas otro hermano que venía por el otro lado del río con una cesta y tiró ésta, atravesó el río, corrió veloz donde estaba su hermana y apenas ésta le insinuó la horrible situación, se lanzó al pozo de la muerte y cayó también en él desvanecido. Este, sin embargo, tuvo resistencia y fuerzas para incorporarse sobre los cuerpos de sus hermanos y alargar un brazo al borde; cogióle por él la pobre niña y procuró ayudarle, pero sus fuerzas no bastaban y hubo de dejarlo rodar sobre los otros cadáveres, siendo un verdadero milagro el que ella no fuese arrastrada también.
Cuando por la tarde acudió el Juzgado a levantar los muertos, la escena allí desarrollada fue sobremanera imponente y desgarradora. Las voces y lamentos de la pobre niña y la actitud sombría y terriblemente silenciosa del viejo padre de los mozos partían los corazones.
¡Dichosas las almas que de cualquier manera puedan hacer algo para aliviar la tremenda aflicción y miseria en que quedan este pobre padre y familia!”
Los fallecidos aquel trágico 3 de mayo de 1895 fueron los hermanos Benigno (29 años), Emilio (22 años) y Amadeo Aller Ares (14 años), hijos de Manuel Aller y María Ares, y el criado o jornalero Gabriel Alba Faba (36 años), de Otero. Benigno y Gabriel estaban casados, pero ninguno dejaba descendencia.
Por último, la actividad extractiva vinculada al último de los caleros, el de La Veiguiña, dio lugar a la destrucción de un yacimiento arqueológico (que sepamos, se encontraron restos de cerámica y humanos) y de otro paleontológico (ya hemos citado en la página la aparición de huesos de rinoceronte, entre otras especies).
AF2