Toral y la escuela

La última escuela de Otero

toral y escuela AF2

La última escuela de Otero

La última escuela de Otero y una de las primeras femeninas (de niñas) en la contorna son la misma. Está situada en el paraje denominado las Campiñas, si bien ahora se llama “camino al Mirador”.


La escuela, pública, estaba ubicada en una casa particular, propiedad de
Balbino Fernández Faba, natural de Otero, por la que el Ayuntamiento le
pagaba una renta. Renta que también pagaba por el local para la de niños.

Por la escuela pasaron muchas maestras, como Josefina de Oencia (cuñada de
Benito Carbajales), Capitolina, Doña María Cubria, que tenía un estanco
en León; también estuvieron Lola, madre de Lin e hija de Rafael
Cadórniga (alcalde de Toral en los años 1914 y 1921), Mikaela, Emilia y
varias interinas.

La última que estuvo fue Esther, hija de los Pérez de Ponferrada, que era una muy buena persona.
No contento con esta información que me aporta Herminio, me dirijo con
Lola, su mujer, en busca de una vecina, a ver si consigo más datos.

Lola
llama a la anciana señora y, después de una pequeña presentación, nos
sentamos debajo de un “cabanal”, a seguir los pasos de las escuelas.
¿Cómo se llama?, le pregunto. ¿Ehhh?,responde. No me entiende debido a una pequeña anomalía auditiva y mi nueva colaboradora, Lola, más cerca de ella, repite mi pregunta: ¿¿qué
dice cómo te chamas?? Alsinda Valle García, responde.

Alsinda, ¿se acuerda de la escuela? Sí, la do Souto (la del Souto es la misma de la que venimos hablando);
fui a ella con unos 10 años. Había de maestra Teodora, que venía de
Toral con una bolsa de comida en las manos. Tenía dos hijas, Toñita y
otra que no me voy a acordar, que cuando ella no podía venir, daban
escuela ellas

¿Hace de esto muchos años? Bufff, había, hay Dios mío, había, mucho, muchos años.

¿Qué estudiabais? La enciclopedia, catecismo y el silabario, a mí “gustábame muito”, por o Santo que tenía en a primeira folla, o San Antonio, puntualizó Lola. Teníamos tinteros y las cuentas las hacíamos en el encerao.

Íbamos poco tiempo a la escuela, teníamos que trabajar e ir con las vacas. Estaríamos hasta los 15 años, non sei.

¿Te acuerdas de los nombres de más maestros? Las veo delante de mí, pero que va…

Cuando fui más mayor, fui a clases particulares que daba Don Serafín (el cura)
por las noches. Íbamos yo y otras 4 ó 5 más. Dábamos cuentas, historia y
no nos cobraba nada. Iban Gervasia, Palmira, Lidia y Josefa la de
Malvas. ¡¡Me gustaba mucho ir a la escuela!!

El
último año que se impartió clase en Otero fue en 1981. Como antes
dijimos, la maestra fue Esther y tuvo como últimos alumnos a: Jesús
Fernández Seara, María Luisa García, Raquel Martínez Broco, Susana
García Garnelo, Ana Isabel Garnelo, Begoña García Armesto, Nuria
Martínez Broco, Sara Garnelo Méndez, Elpidio Broco Martínez y Ana
Martínez Broco.

La
mayoría de los alumnos se vinieron para Toral, excepto los que ya
comenzaban en el Instituto en Villafranca y los dos mayores que dejaron
los estudios.

P.D.
Mi agradecimiento a Darío (actual propietario de la “escuela”), Lola,
Alsinda, Sara, Fina y sobre todo al que mejor anda “de memoria”,
Herminio. A todos muchas gracias.

Af2

La última escuela en Otero desde dentro. Recuerdos de una exalumna.

Durante
mucho tiempo, Otero tuvo su escuela, como otros pueblos. Con
anterioridad, hubo dos escuelas, una para niños y otra para niñas.
Después, ambas se fundieron en una sola mixta.

Para hablaros de la escuela que yo conocí, voy a hacerlo desde mis recuerdos, pues no tengo acceso a ninguna fuente documental.

La escuela de Otero estaba situada en una casa propiedad de Francisco «Fardel«,
desconozco las condiciones del alquiler o arrendamiento. Era una casa
de dos plantas. La planta alta era la vivienda del maestro y la última
maestra que la ocupó se llamaba doña Josefina. Su familia estaba formada
por su marido Ceferino o Serafín (no lo tengo claro) y su sobrino
Ignacito. Era una maestra amante de la vara y del castigo, así que
cuando se fue nadie la echó mucho de menos. El único recuerdo que quedó
de ella fue su coche, un seiscientos que compró Herminio, su primer
coche; pasó de la moto al coche, un gran avance para él y su familia.

La
planta baja era, como se dice hoy, un «loft», con ventanas y ventano
(que no es el masculino de ventana, sino un diminutivo peyorativo de la
misma). Era una sala amplia. Todos los alumnos estábamos juntos y nos
sentábamos en pupitres de madera, de dos en dos. Había una biblioteca:
un armario ropero, repleto de libros. También un armario para guardar
las reglas y otros artilugios. La mesa y silla de la maestra. Y la
decoración, con dos retratos: por una parte del Generalísimo y, por
otra, de los Reyes. La calefacción se conseguía encendiendo una pequeña
estufa de carbón. El baño era de uso exclusivo de la maestra.

A
Doña Josefina la sucedió en el cargo Doña Esther, mi primera maestra.
Nunca podría haberla tenido mejor. Doña Esther llegó a Otero en su mini,
y nos enseñó no solo a leer y a sumar, nos enseñó a viajar a través de
los libros, fomentó como nadie el amor por la lectura, sin castigos ni
obligaciones. Organizó excursiones, una actividad desconocida hasta al
momento. Nuestra primera excursión fue a León. Aún hoy recuerdo con
exactitud la explicación del guía de la Catedral; es curioso, cuando no
soy capaz de recordar lo que hice hace un minuto. El viaje a León fue la
experiencia más emocionante que he vivido jamás. Y me gustaría que mi
hijo algún día sintiese el mismo entusiasmo y emoción que yo sentí en
aquel autobús de Fernández rumbo a la capital de la provincia.

No
recuerdo el motivo exacto del fin de la escuela de Otero. Recuerdo un
sorteo que celebró el presidente de la Junta Vecinal de algunos objetos;
el más preciado, el globo terráqueo, que por cierto le tocó a su hija. Y
es que cuando se trata de acertar el número que está pensando el
presidente, es lógico que lo acierte su hija, por eso de la telepatía,
creo yo.

Nuestra vida cambió, quizá a
mejor, aunque yo no lo creo. Bajamos a Toral. Íbamos en el taxi de Abel,
de Villadecanes; subíamos a comer a Otero y luego volvíamos a bajar.
Más tarde pusieron el comedor y debíamos quedarnos todo el día.

Mi
nuevo profesor se llamaba D. José Luis. De él recuerdo su particular
«polígrafo», una máquina en la que misteriosamente, cuando errabas la
respuesta, se encendía un NO en rojo, y por el contrario, con cada acierto lucía un SI en verde.
Comenzamos una nueva etapa, hicimos nuevos amigos y nos adaptamos con
increíble facilidad al nuevo centro. Pero no por ello creo que ninguno
de nosotros olvide nuestra primera etapa en la escuela de Otero.

Y esto es todo…………Chao


Fotos escuela de Toral de los
Vados por Don Antonio Sernández

Fotos de Otero

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