PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (VIII)

toni- cabalgamos

Copia de t.20 [Resolucion de Escritorio] Felisa Pérez, -doña Felisa- Maestra Nacional, había matrimoniado con Francisco Santos, -don Paco- también maestro y habían obtenido por turno de consorte, las escuelas de niñas y niños de Toral, aunque su idea era obtener plaza en León, en la capital, de donde provenían y en donde residían sus familiares.

También ellos, naturalmente, estaban al tanto de los sucesos ocurridos en España: el levantamiento del Ejército contra el orden constituido, las algaradas producidas en diversas provincias y el enfrentamiento latente en Toral entre vecinos de ideas encontradas. 21

Supieron que varios camiones con mineros, ondeando la bandera roja con la hoz y el martillo, habían llegado a Ponferrada para apoyar a sus correligionarios y que la Guardia Civil, desde las azoteas de los edificios de la ciudad les habían hecho frente y que, gracias a un telefonista que pudo burlar la vigilancia de los piquetes, -eso lo supieron más tarde- habían establecido contacto con el comandante Jesús Manso de Lugo que se apresuró a prestarles ayuda al frente de un batallón de doscientos hombres .

Manso logró que los mineros retrocedieran hasta Villablino y, de allí, a Asturias, aunque antes de retirarse habían asaltado en Ponferrada el Banco Mercantil y el Urquijo y dinamitaron el puente sobre el Sil para cortar el paso de la Nacional VI. La carga explosiva desarboló el arco del puente pero los desperfectos, mínimos, fueron reparados inmediatamente.

Doña Felisa y Don Paco estaban lo suficientemente informados de todo lo ocurrido, al menos de forma general, incluso de lo que ocurría en León, gracias a su amistad con doña Merce, telefonista, que les ponía en contacto con sus familiares, porque también allí, en la capital, los militares y algunos falangistas se habían enfrentado a los mineros.

Don Paco que pertenecía a la Institución Libre de Enseñanza, inspirada en la filosofía krausista que preconizaba una enseñanza liberal, no estaba considerado, de momento, en el pueblo, por las fuerzas fascistas, un elemento peligroso y perturbador. Era respetado porque casi todos los vecinos tenían hijos o sobrinos en la escuela y conocían los métodos de enseñanza del funcionario. También doña Felisa que, desde tiempo atrás, había comenzado a llevar un “Diario” en el que anotaba cuanto acontecía en el pueblo, estaba bien considerada.

La leyenda urbana, sin embargo había sembrado dudas sobre las ideas de los maestros: se decía que don Paco había retirado el crucifijo que presidía la escuela sustituyéndolo por el retrato de don Manuel Azaña, pero don Paco se había limitado a cumplir las órdenes recibidas del Ministerio: retirar los crucifijos y poner en su lugar el retrato del Presidente de la República.

Aquella tarde, como otras muchas, tras una siesta reparadora, don Paco regresaba del paseo que habitualmente daba por los alrededores del Burbia siguiendo un camino que atravesaba Penedelo y llegaba hasta el puente colgante, desde donde se accedía a la cantera de la cementera. Era un camino tranquilo, sombreado y apenas transitado por lo que podía deleitarse contemplando la naturaleza.

-¿Qué nuevas traes, Paco…? -dijo su mujer, cuando entraba e n casa.

-Pocas, pero inquietantes… Nada buenas.. -dijo el hombre mientras se despojaba de la chaqueta de punto, porque don Paco, a pesar del calor, veraniego, nunca salía a la calle en mangas de camisa- Nada buenas, Felisa, -.volvió a decir- .Nada buenas. Verás: mientras paseaba, vi a mucha gente que se acercaba al paraje de La Bomba. Me oculté para observar qué ocurría me pareció ver a Demetrio Álvarez, ya sabes, uno de los Guardias Jurados de la cementera que, seguramente, iba a relevar a sus compañeros . Eran las cinco y diez. Ya había sonado la sirena de Cosmos. También observé que se acercaban, tumultuosamente, medio centenar de hombres armados que amenazaron a los guardias de la cementera.

-No te verían ¿verdad, Paco? -dijo su mujer.

-No. pero yo podía verlos bien a ellos desde un pequeño altozano y oculto por unos matorrales.

Don Paco hizo una pausa y pidió a su mujer un vaso de agua. Bebió. Se limpió cuidadosamente los labios con un pañuelo que guardó en el bolsillo y siguió diciendo:

-Parece ser que exigían las llaves del polvorín.

-¡Dios mío…¡ -se llevó las manos a la boca doña Felisa- ¡Cartuchos de pólvora…¡.

-Supongo que sí… Tal vez para ayudar a los mineros de Ponferrada… La pólvora produce pánico.

-¿Y…?.

-Como no les dieron las llaves del polvorín, con una palanqueta levantaron una ventana y entraron. Poco después vi como sacaban varias cajas, muy pesadas, que, supongo, eran de dinamita y las llevaban a una camioneta aparcada un poco más lejos.

-Seguramente era la camioneta de Cosmos -dijo la mujer-

-Posiblemente. No pude verla bien.

-¿Conociste a alguien de los que amenazaban a los guardias jurados?

– De los que amenazaron a los Guardias Jurados, no. No conocí a nadie.

Hizo una nueva pausa . Volvió a beber agua y añadió:

-¿Vas a anotar en tu “Diario” todo esto que te he contado, Felisa…?.

Dudó la mujer un instante.

-Bueno… Tal vez, sí… Es un “Diario” personal que no tiene mayor transcendencia pero, a lo mejor, dentro de muchos años, ayudará a conocer muchas de las cosas que hoy ocurren.

-Tendré que leerlo yo…

Sonrió ella.

-¡No…¡. . De ninguna de las maneras. Ya sabes, Paco, que en los “Diarios” se escriben cosas muy personales, jajajajaja.

-¿Me citas a mí, Felisa…?.

– En muy contadas ocasiones y además, en cosas sin importancia.

El sol había descendido, poco a poco y las primeras sombras alargaban las ramas de los chopos.

Paco Santos miro por la ventana.

-Cuando se haga de noche volverá la tensión al pueblo -dijo para sí- .

Nueva pausa.

-¿Ha llegado ya el periódico de León, Felisa…?

-No. Parece ser que han suspendido “La Democracia”.

Paco Santos se encogió de hombros, luego, se arrellanó en su sillón preferido y cerró los ojos. Muy poco después dormía profundamente.

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