PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS IX

toni- cabalgamos

clip_image004El sargento Tomás Pérez Pineda, mientras se ajustaba el correaje, bajó, aquella mañana, desde el pabellón que ocupaba en la Casa Cuartel, a su despacho.

Era una mañana clara. Septembrina, pero como si los calores tórridos del verano continuasen . El cielo estaba despejado y las uvas, en las viñas, concluían su maduración.

El día prometía ser espléndido y caluroso y, a través de las ventanas y de la puerta del cuartel entraban tímidamente. los primeros rayos de sol.

El sargento se asomó a la calle y fue saludado por un número que guardaba la entrada con el subfusil presto.

Un lagarto nervioso corría  por la pared de la carretera.

Tomás Pérez Pineda iba a entrar a su despacho, después de comprobar que el número que guardaba la puerta estaba en su lugar.

-Sin novedad, don Tomás  -le dijo-  .

-Estaré en mi despacho. Avíseme si ocurre algo.

-No se preocupe, don Tomás.

Pérez Pineda entró a la habitación que, en realidad era el único lugar de la Casa Cuartel que servía para atender cualquier incidente o denuncia que se produjese y en donde, siempre, había un Guardia Civil que tecleaba en la vieja máquina de escribir renqueante.

Dos mesas . Una de ellas, pequeña, que sostenía la vieja “Remington”. Tres sillas,  cojitrancas, un tintero y plumas sobre la mesa y una librería polvorienta con carpetas para archivar expedientes, amén del viejo sillón en que se sentaba el comandante del puesto

El Guardia Civil que en aquellos momentos trabajaba en algunos expedientes, se puso en pie, en actitud respetuosa.

-Descanse, Carracedo   -  dijo, mientras   ocupaba el asiento.

Después, rebuscó ente los papeles y, tras echarle un vistazo  empujó uno, por sobre la mesa hacia el Guardia que, respetuosamente, esperaba.

-Firme ahí, al pie,, Carracedo.

-Como usted ordene, don Tomás.

Tomó la pluma; la hundió en el tintero y, sin sentarse, se dispuso a firmar donde se le ordenaba.

Tomás Pérez Pineda observaba detenidamente al Guardia Civil Carracedo.

-Un momento. Aguarde.

Nemesio Carracedo miró a su superior sin saber qué hacer con la pluma que goteaba tinta en el suelo.

-¿Desde cuándo firma usted un documento sin leerlo antes…?

Hizo una leve pausa.

-Eso va contra las ordenanzas.

-Yo, don Tomás…Verá usted… Confío en su palabra.

-Un Guardia Civil que se preste de serlo no puede confiar ni en su propio padre, Carracedo… Ni en su propio padre.. No lo olvide.

Tomás Pérez Pineda guardó un prudente silencio mientras observaba la actitud  del Guardia Civil que seguía sosteniendo la pluma en la mano.

-Deje la pluma en el tintero. Siéntese y lea lo que va a firmar, pero, después de leerlo.

Nemesio Carracedo tomó asiento. Acercó el papel hacia sí y colocó ambas manos sobre la mesa. Después comenzó a leer, mientras el sargento Pérez Pineda miraba a través de la ventana que daba a la carretera.

Carracedo se aclaró la garganta y con voz temblorosa leyó:

Blas San Miguel [iPhone]clip_image026-Don Tomás Pérez Pineda, sargento de la Comandancia de la Guardia Civil, en la actualidad mandando el puesto de Toral de los Vados, por el presente atestado dice que, al regreso de Ponferrada con toda la fuerza del puesto a sus órdenes, en el día de hoy, nueve de septiembre de mil novecientos treinta y seis empezó a practicar gestiones en averiguación de los hechos a que se refieren las denuncias que encabezan estas diligencias, dando por resultado la detención de los vecinos de Toral de los Vados, Blas San Miguel Casín y Juan González Fernández, que figuran en las mismas, procediéndose,  a continuación, a su interrogatorio por el que suscribe y por el guardia segundo Nemesio Carracedo Prieto y para que conste se pone por diligencia que firmo junto con el Guardia citado.

Nemesio Carracedo terminó de leer la diligencia y miró a su superior. Este, todavía vuelto de espaldas, dijo:

-Bien, Carracedo. Ahora ya está enterado de lo que va a firmar. Hágalo clara y limpiamente y no olvide que un Guardia Civil debe, en todo momento saber qué firma y por qué lo firma.

Nemesio Carracedo Prieto volvió a hundir la pluma en el tintero y firmó al pie del escrito.

Pérez Pineda tomó, a continuación el papel y rubricó al otro lado, con letra clara.

Miró, de nuevo, al número que, de pie, esperaba órdenes.

-Podría haber firmado, por ejemplo, su pena de muerte  -dijo-

Carracedo carraspeó, Notaba un sabor amargo en la boca y necesitaba beber agua. El botijo, en un rincón le atraía.

-Con su permiso, don Tomás. Debo decirle que yo confío en usted. Ya sé que no debo firmar un documento sin leerlo, pero confío totalmente en usted.

-Está bien, Carracedo. Demos por zanjado el incidente. Dígame: ¿los citados en la Diligencia se encuentran ya en las dependencias del cuartel?

-Sí, don Tomás. Esperan en el cuarto de armas, acompañados de un número.

-Haga entrar a Blas San Miguel Casín y tome nota de su declaración, mientras yo lo interrogo. Procure no equivocarse. Usted domina la máquina de escribir por eso lo he elegido para resolver este incidente. Después se lo leeremos y que lo firme. Procure recoger, al pie de la letra la declaración y, ahora, hágalo pasar.

CONTINUARÁ

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