MARRAKECH “La ciudad roja”

fernando fs [Resolucion de Escritorio]

PB220068 [Resolucion de Escritorio]

MARRAKECH “La ciudad roja”

La primera vez, que oí hablar sobre Marruecos, era un niño. En aquella época, en que yo residía en Madrid, se hablaba de la guerra de Ifni. Recuerdo que mi padre escuchaba con deleite la radio, sobre todo el fútbol. Eran los tiempos de gloria para el Real Madrid, que conquistaba su segunda copa de Europa.

Años después, a punto de cumplir el servicio militar, entonces obligatorio, Marruecos me inquietó a raíz de su Marcha Verde, que tuvo unos resultados poco favorables para España.

Esta coyuntura de carácter militar, nada amistosa hacia España, siempre me distanció del país vecino del sur.

En la actualidad, habida cuenta de que dispongo de tiempo libre, siempre disfruto con viajes culturales que tengan relación con nuestros antepasados geográficamente más cercanos. Por ello, cuando se plantea un viaje a la ciudad marroquí de Marrakech, aparecen de nuevo antiguos prejuicios que me hacen dudar. Pero, al final, descubro razones sensatas para visitarla.

¿Cuáles? Dos y muy claras. El seguimiento biográfico de Juan Goytisolo, a resultas de su flamante Premio Cervantes 2014, y las vehementes reflexiones del escritor berciano Manuel Cuenya, quienes han disipado las dudas que tenía para viajar a esta ciudad imperial marroquí.

Ilusionado con este viaje, lo planifico con dos meses de antelación; con tan mala pata que viajo a la ciudad roja ocho días después de los graves atentados de París, lo que me origina cierta tensión, agravada, para más inri, porque mi llegada al aeropuerto de La Menara tiene lugar al filo de la media noche.

Nada más pisar tierra, y conforme voy caminando hacia la terminal del aeropuerto, percibo en el ambiente el hechizo de esta «Tierra de Dios», como era conocida en sus orígenes por el pueblo bereber. No obstante, me siento receloso por los recientes atentados de París. No sé qué me encontraré y si me influirá o no la llegada en horas nocturnas.

Me tranquiliza observar, pese a ser medianoche, una excelente seguridad dentro de las instalaciones del aeropuerto. Los trámites para reconocer el pasaporte son contundentes. Se necesita entregar una hoja, que previamente me habían facilitado en el avión, donde tiene que figurar mi procedencia y el lugar de mi alojamiento, entre otros datos. Son medidas que me dan tranquilidad, pues aprecio y soy consciente que estoy, como todo el mundo, bajo control.

En el hall de entrada me espera el conductor de un taxi, que había reservado previamente. Porta un cartel donde figura mi nombre. Entre mi chapurreo de inglés y su español de andar por casa, logramos entendernos y salir del paso hasta llegar a mi alojamiento, ubicado dentro del recinto amurallado de la gran Medina. Al pasar a los pies de la Koutoubia –uno de los iconos de esta ciudad imperial- contemplo la iluminación que adorna su minarete. Todas las ventanas gemelares, iluminadas desde el interior, figuran como ojos del Profeta que protege a sus fieles seguidores. La torre superior, con su base potentemente iluminada, sirve de guía para orientarse desde lejos al tiempo que otro foco de luz alumbra el péndulo que corona el inmenso minarete.

800px-MoroccoMarrakech_DjemaaElFna [Resolucion de Escritorio]El riad donde me alojo se encuentra situado en un estrecho callejón, al que se accede por la calle de Bab Doukkala. Al no poder circular el taxi por los estrechos callejones que dan acceso al riad, el conductor se detiene, baja mis maletas, y me recomienda un porteador, de entre los varios que allí se encuentran, para transportar mi equipaje hasta mi hospedaje.

¡Ha llegado el momento de regateo, estoy en Marrakech! Taxista y porteador hablan en árabe. El dueño de un carrito con ruedas de goma dibuja una sonrisa a la espera, sin duda, de apalabrar con él el costo del transporte. Mi primer regateo, el cansancio acumulado y las ganas de acostarme favorecen las intenciones del avispado marraquechí.

Después de atravesar dos o tres callejones, que se me antojan insuficientemente iluminados, llegamos al riad elegido. La escasa iluminación del callejón y un fanal del propio riad permiten vislumbrar una sólida puerta chaveteada con dorados roblones. Dos enormes maceteros, provistos de sendas palmeras enanas, escoltan la entrada. Dos golpes secos con una aldaba hexagonal son suficientes para que el vigilante nocturno me abra y, con proverbial amabilidad, me invite a entrar.

Nada más cruzar el umbral de la puerta presiento que este espacio me va a encantar. Se trata de una vivienda de dos plantas, con una terraza descubierta y un patio, naturalmente de estilo árabe. Preside este patio una fuente central, introducida dentro de un estanque en forma de estrella de ocho puntas, toda ella en tonalidad verde jade. Una espigada columna finaliza en un vaso, como un cáliz. Todo el conjunto figura tallado en mármol blanco. El agua, que mana imperceptiblemente por el cáliz, se encuentra oculta bajo una alfombra de pétalos de rosa que flotan en ella. Un ligero vaivén de estos pétalos delata que el agua está brotando por su centro. El agua desborda por toda la circunferencia del vaso y se precipita a través la columna, provocando un rumor permanente, hasta llegar al estanque. Este sosiego y silencio, que impregnan la atmósfera, me relajan y logran mimetizarme, en un sentimiento reflejo, con el espíritu marroquí.

Mi habitación, una de las tres que dan al patio central, dispone de una cama ancha con cuatro hermosos cojines blancos. Por encima de la colcha con rayas azules y blancas, estilo bereber, se encuentran esparcidos varios pétalos de rosa. De igual modo a como lo hacen cubriendo las toallas blancas enrolladas, que se encuentran en el espacio de un lavabo de cobre brillantísimo y muy limpio. Me gusta la habitación. Intuyo que voy a disfrutar mucho de esta ciudad fundada por los bereberes.

Me despierto ilusionado y subo a la terraza, donde luce un sol envidiable y templado. Bajo un toldo floreado, tengo preparado un suculento y abundante desayuno: té, café, leche, yogur, diferentes mermeladas, tortas, frutas variadas, bollería y mantequilla. Desde aquí, mientras desayuno sentado, puedo apreciar la parte superior del minarete de la Mezquita Koutoubia (el edificio más alto de la gran Medina), una vista estupenda, que me invita a recorrer la Medina.

Antes de salir a la calle, con las calorías suficientes para afrontar la mañana, el dueño del riad me saluda y se ofrece para, si me parece bien, hacerme recomendaciones sobre Marrakech. Idriss, que así se llama, es un hombre correctísimo. Nacido en Francia pero senegalés de pura cepa, habla bastante bien español. Es alto, fuerte, bien parecido y de piel oscura. Me nombra algunos restaurantes adecuados para comer, oficinas de cambio, bancos, consejos para comportarme adecuadamente cuando me encuentre con los múltiples marrakechíes que saldrán a mi encuentro buscando una propina a cambio de ayuda; incluso me señala, en un plano de la ciudad, que él mismo me obsequia, algunas rutas que son las más apropiadas de visitar.

Con el ánimo sereno y más confiado, ahora sí, me dispongo a tomarle el pulso a una ciudad con historia, cuya gran Plaza se ha convertido en Patrimonio de la Humanidad, y en la que habitan descendientes del antiguo pueblo bereber, que empiezo a descubrir nada más que atravieso el dintel de la roblonada puerta del riad. La mayoría de las personas van vestidas a la vieja usanza bereber, con largas chilabas monocolor y las cabezas cubiertas. Me sorprende la tonalidad ocre rojiza de las fachadas de las viviendas e incluso de las mezquitas, entre otros monumentos. Este colorido rojizo de las edificaciones de la gran Medina sería la causa primera por la que Marrakech es conocida como «La Ciudad Roja». La segunda de las causas se debe a una leyenda bereber, que relata lo siguiente: desde que se clavó en su corazón el alminar de la Mezquita de la Koutoubia, éste comenzó a brotar sangre, que acabó tiñéndolo todo de color rojo hasta más allá de las murallas almorávides que la cercan. Lo cierto es que este matiz ocre rojizo me hace rememorar, por su similitud, al que poseen las tierras de la explotación aurífera de Las Médulas en el Bierzo.

Después de caminar unos cincuenta metros por un estrecho callejón alcanzo la calle de Bab Doukkala, que a esta temprana hora se muestra bulliciosa. Está atestada de personas que la cruzan, caminan por la misma, ofrecen sus mercancías, compran y no paran de hablar; hablan hasta por los codos. Me fascina contemplar esta lonja en la que, a esta hora, se convierte Bab Doukkala, abarrotada de mercaderes que hacen tratos para comprar o vender todo tipo de productos. Todo se compra y vende: frutas, carnes, pescados, especias, pan, dulces… Hay bazares, peluquerías, y locales donde puedes tomar un riquísimo té a la menta… Todo ello, sin duda, acapara mi atención y me llega a hipnotizar.

Continúo atravesando esta calle y compruebo que la animación es su signo de identidad. Me atrevería a decir que lo es de toda la ciudad, por lo que llevo visto. Es una gozada observar el tráfico caótico que se confunde entre la multitud de gentes que lo asumen del modo más natural sin manifestar incordio alguno.

Este vitalismo, acaso consustancial al carácter marrakechí, me entusiasma. Es la ciudad de los jóvenes, algunos regentan puestos de venta, otros trabajan en talleres de reparaciones múltiples como motocicletas, mobiliario de maderas, fundas de colchones, bolsos de plástico, entre otros asuntos. Y, aun, otros jóvenes se dedican a incordiar a turistas con el fin de sonsacarles algunos dirhams. Las jóvenes, por su parte, acompañan a sus hermanos pequeños, que van (o vienen) a la escuela, bien solas o con otras chicas, transitando por las calles; las hay, incluso, que circulan con sus motocicletas, transportando a niños pequeños o bien a otras muchachas, todas en un mismo motociclo.

Me sorprende la cantidad de motociclos o bicicletas que circulan por doquier, sorteando con pericia a los transeúntes, sin llegar a rozarlos. Me pregunto el por qué no existen tropiezos. Y la única explicación que me parece acertada es que, tanto al conductor como al transeúnte, no les interesan las consecuencias derivadas de los encontronazos, como pérdidas de tiempo, lesiones, molestias, entre otros. Y, claro, tanto unos como otros se vigilan mutuamente para no perjudicarse. Cualquier otra explicación racional, con sentido común europeo, está fuera de lugar. Hombres y mujeres, por igual, conducen dichos vehículos. Incluso transportan niños pequeños que, por sus rictus, aparentan una tranquilidad y seguridad pasmosas. Una experiencia única cuando uno mismo se lanza a la calle sorteando, como PB220003 [Resolucion de Escritorio]puede, a los conductores y conductoras. Consejo, sigue tu camino, no hagas giros bruscos, que nada te ocurrirá. Ellos se fiarán de ti. No los defraudes.

Bab Doukkala es un fiel reflejo de la gran mayoría de calles que tejen la Medina. Los callejones, más pequeños y estrechos, sencillamente dan acceso a viviendas o a los riads, como en el que yo me alojo. Si te detienes en un bazar, puesto o negocios de la Medina, sabes de antemano que los comerciantes de marras intentarán venderte, de un modo hábil y persuasivo, su producto. No te dejes convencer a la primera de cambio, aunque algo te interese, porque entonces estarás perdido y pagarás tres o cuatro veces más de lo que cueste el artículo que desees. El regateo es un arte. Y debes actuar con habilidad. El precio final del producto dependerá de tu necesidad de compra y de la habilidad del vendedor. Los marrakechíes, aunque no sepan latín, son listos. Además, tienen un buen manejo de diversas lenguas, aparte del árabe y el francés, que estudian en la escuela. El inglés, que cursan en la Secundaria, y español (algunos también lo estudian) son lenguas que hablan con fluidez para entrar en comunicación con los turistas. Son muchos los jóvenes que se ofrecen como guías, acompañantes, lo que se tercie, y te venden lo que haga falta. La fórmula: «merci bien, pas encore, etc.» suele dar resultado en algunos casos, para evitar ser molestado continuamente. Te acostumbras con rapidez a esos asaltos bienintencionados.

El día se perfila agradable, sólo atisbo unas nubes estrechas, a modo de sedas blancas y muy altas, resaltando sobre un cielo azul débil de finales de noviembre. Decido parar a comer un poco más tarde de lo habitual, mientras continúo fotografiando el mini cosmos marrakechí que empieza a seducirme.

De la numerosa serie de mezquitas existentes, la Koutoubia es la de mayor reputación. En España sirvió como modelo para construir la Giralda de Sevilla. Fotografío su torre de planta cuadrangular. Es el edificio más alto de la ciudad. En su último tercio resaltan arcos gemelares que dan cabida a los altavoces utilizados para llamar al rezo a los fieles cinco veces al día. Antiguamente, los muecines subían a caballo por rampas internas hasta la cima. Coronando el alminar se distinguen cuatro globos dorados ensartados, de mayor a menor, por un eje común. Simulan un péndulo inmóvil que detiene la vida del reloj en que parece haberse convertido la Medina. Porque la sensación que al menos hasta este momento tengo, sobre esta «Tierra de Dios», es la de un lugar donde se ha detenido el tiempo. Conviven sus habitantes con los adelantos técnicos más universales, como los teléfonos móviles, junto a los artesanos y su unión en gremios, tal y como se vivía en la Edad Media. Y, pese a un evidente menor nivel de vida como el que disfrutamos en Occidente, aprecio una enorme alegría entre sus jóvenes, que son más numerosos que los que hay en nuestras ciudades. Pero, por otra parte, percibo un férreo control del hombre sobre la mujer –vestimenta, sobre todo–; circunstancia ésta muy similar a la que ocurría en el siglo XI cuando Marrakech fue fundada por los almorávides.

PB220078 [Resolucion de Escritorio]Caminando por la Avenida El Fetouaki alcanzo la calle Zitoun Kadim, que da acceso directo a la Plaza de Jemaá-el-Fna. El último tramo, al igual que la calle Bab Doukkala (en la que se encuentra por cierto la estación de autobuses, la oficial), posee innumerables bazares donde uno puede encontrar todo aquello que se le ocurra y apetezca: quincallas con cierto valor, cueros, flores, colchones, ropas de vestir, calzados, entre otros enseres.

Después de husmear en casi todos los bazares de la calle Zitoun me incorporo, como un figurante más, al conjunto de actores vivientes, que embellecen con su genuino papel el inmenso escenario en que se ha convertido la Plaza Jemaá-el-Fna.

Con el fin de sosegarme y calmar mi apetito, voy a comer al Toubkal, que es un restaurante situado en este inaudito hervidero de vida, en el que conviven propios y extraños. Un camarero me recomienda el comedor de la primera y única planta, que dispone de unas ocho mesas, al que acuden varios grupos de turistas. Me sitúo en una mesa adosada a uno de los cuatro ventanales. La orientación de los mismos es el oeste. El sol es incisivo, aunque estamos en el mes de noviembre, pero el local dispone de unos enormes toldos para minimizar su efecto. Desde la mesa, en que estoy sentado, la visión de la plaza es espectacular. Cercano al Toubkal se halla el Café Glacier, también con sus terrazas; y en dirección Norte puedo ver la Mezquita Quessabine, situada en el entorno aledaño a la plaza. De repente, mi centro en el toldo. Su color rojo es el de la bandera nacional marroquí. Rompiendo la monotonía aparecen alineados unos pentagramas de color verde, también idéntico al que presenta dicha bandera.

Cuando el camarero me pregunta qué voy a comer, echo un rápido vistazo a la carta, que me ofrece. En ella aparece «tajine de pollo con verduras», y me decido por PB220074 [Resolucion de Escritorio]este plato. Me traen un tajine humeante, servido en un recipiente de barro de dos piezas y que recibe su mismo nombre. Se trata de un plato sopero profundo cubierto con una tapa cónica que se asemeja a una chimenea. El aroma de este tajine, cocinado al estilo bereber, empapa mi olfato, y mi sensación placentera aumenta cuando distingo su sabor a limón encurtido. Los diferentes tajines, que he ido probando a lo largo de mi estancia en esta ciudad, son cocinados con la llamada mezcla «ras el hanout». Es una mezcla hecha con diversos ingredientes: canela, pimienta negra, pimentón, laurel, nuez moscada y macis, jengibre, cúrcuma y cilantro. Esta mezcla, que he traído como recuerdo en mi viaje de regreso, le proporciona un sabor característico, pero exquisito, a cualquier tajin cocinado.

Satisfecho con la comida vuelvo a zambullirme en la vorágine humana que trajina por los minúsculos islotes que incitan a ser contemplados en Jemaa-el-Fna. Dentro del aparente caos que percibo, como cualquier novato en estas lides, disfruto como un personaje de otrora, acaso medieval, con los músicos místicos gnaua; los narradores de cuentos; los encantadores de serpientes o los domadores de monitos; también con los aguadores o los vendedores de zumos de naranja, que se me antojan excelentes. No faltan los puestos que tienen expuestos especias como la canela, el azafrán, la cúrcuma o el clavo. Con los últimos rayos de sol, las fotografías presentan un colorido en Technicolor, extraordinario.

En cuanto comienza a ocultarse el sol, los puestos de comida empiezan a vomitar humareda y pringue. Estos puestos, entre cuyos platos están los tajines, la harira (sopa de tomate, carne y verduras), el famoso cuscús o los universales pinchos morunos, compiten con los que ofrecen riquísimos zumos de naranja. Conforme cae la noche, la Jemaá-el-Fna se transforma en un gran escenario teatral presto para la interpretación. Nuestro flamante escritor Juan Goytisolo cuenta, en su «Makbara», que en ese escenario caleidoscópico reina una estereofonía caótica. Esta descripción resulta definitiva para un espacio único, reconocido, gracias precisamente al autor de “Coto vedado”, Patrimonio inmaterial de la Humanidad, habida cuenta de su riqueza excepcional y el simbolismo que representa. Este reconocimiento puede verse en una placa conmemorativa, situada próxima al Café L’etoile y frente a la Oficina Principal de Correos, cuyo texto aparece redactado en árabe, francés e inglés.

Cuando alguien me pregunte la razón del por qué he viajado a Marrakech, contestaré como lo hace el propio Goytisolo: «Deberán darse un paseo por la Plaza Jemaá-el-Fna y entonces la pregunta no existirá».

Mi viaje llega a su fin tras cuatro días de estancia en la ciudad. Siento rabia y pena cuando abandono la ciudad, aunque a la vez experimento una sensación de alegría por mi acertada decisión: visitar un país sobre el que a priori no tenía una buena imagen. Para eso creo que sirven los viajes, para abrirle a uno la mente, para darse cuenta de la realidad, porque viajar te confronta con el mundo y aun con tus propios prejuicios y apriorismos.

Si fuera más joven quizá me hubiese atrevido a llegar a Marrakech viajando, como buen beduino, entre las jorobas de un buen camello.

Anuncios

Deja un comentario.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: