PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS X

toni- cabalgamos

H CAFE Y BILLAR DE JOSE YGLESIAS [Resolucion de Escritorio]

Nemesio Carracedo, que conocía perfectamente al sargento Pérez Pineda, a cuyas órdenes había luchado en los sucesos ocurridos dos meses antes en Ponferrada, saludó militarmente a su superior y salió de la habitación cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí. Mientras tanto, el sargento contemplaba, pensativo, como el sol de septiembre, sobre las viñas, al otro lado de la carretera, pintaba de colores las hojas que comenzaban a amarillecer.
-Posiblemente este año, -dijo en voz baja, para sí- las uvas queden en las viñas. No habrá manos que las vendimien… Posiblemente..
Sonaron unos golpes en la puerta y, sin obtener permiso para entrar, apareció el Guardia Civil Carracedo.
-Mis órdenes son que nadie entre al despacho sin que yo lo autorice, Carracedo..
Nemesio Carracedo, inmediatamente, su cuadró ante el sargento y trató de disculparse.
-Es cierto, don Tomás. Lo había olvidado. No volverá a ocurrir -dijo- .
– Recuerde siempre que, en el Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, las órdenes deben acatarse sin más.
-Si, don Tomás. Lo sé.
Pérez Pineda miró, ahora, displicentemente al hombre que acompañaba a su subalterno. Era un hombre fuerte. Alto. Moreno. De orejas despegadas y mirada limpia. Iba correctamente vestido con un traje de amplias solapas y corbata a juego.
-¿Es usted Blas San Miguel… -pareció dudar y tomó en sus manos el expediente que había sobre la mesa- Casín…? -preguntó Pérez Pineda autoritariamente.
-Si. Soy Blas San Miguel Casín -respondió el hombre que sostenía la mirada del sargento con tranquilidad.

Hablaba con un ligero acento asturiano que no pasó desapercibido para el guardia civil.
-¿Natural de Oviedo, casado, de profesión electricista y con domicilio actual en Toral de los Vados…? -volvió a preguntar Pérez Pineda, esta vez sin levantar los ojos del sumario que tendía entre sus dedos.
-Así es, sargento.
Ahora, sí. Ahora Pérez Pineda levantó la vista y midió, de arriba abajo, al hombre que tenía delante de él y que no parecía acobardado.
-Responda, sí, señor o no, señor. Para usted no soy el sargento comandante de este puesto, sino la persona encargada de llevar a cabo ciertas diligencias en las que está incurso.
Hizo una pausa.
-Procure no olvidarlo y abandone esa actitud desafiante, No está en condiciones de desafiar -recalcó la palabra- a nadie.
Blas San Miguel no dijo nada. Se limitó a mirar, en silencio, al sargento.
-Y usted, Carracedo -Carracedo seguía detrás de Blas San Miguel a la espera de las órdenes de su superior- colóquese a la máquina y escriba cuanto diga este sujeto.
Pérez Pineda, lentamente, se acomodó en una silla, mientras Carracedo ocupaba su puesto ante la máquina de escribir, un vieja “Remington” que, seguramente, había conocido mejores tiempos.
-San Miguel, -dijo Tomás Pérez Pineda- manifieste claramente qué es lo que ocurrió entre las quince y las diecisiete horas del pasado veinte de julio en Toral de los Vados en los sucesos en los que usted estuvo presente.
Blas San Miguel cambió de postura. Cruzó los brazos sobre el pecho, frunció el entrecejo y trató de recordar.
-Y procure -advirtió el sargento- dar nombres concretos y no apelativos o motes, sin olvidar que cuanto diga será recogido en su declaración.
-Verá usted… El día al que se refiere, o sea, al veinte de Julio pasado, lunes, me encontraba tomando café en el establecimiento de don José Iglesias, en la Plazoleta de la Estación, a la hora que usted dice, a las tres de la tarde. A esa hora, muchos días, en los que mi turno de trabajo no coincide con ella, suelo ir a tomar café, como lo hacen, habitualmente, muchos compañeros
-Limítese, San Miguel, a relatar los sucesos. No me interesa saber si habitualmente, toma o no toma café…
Blas San Miguel asintió.
-Está bien -dijo- El señor Iglesias, aquel día, ejercía las funciones de alcalde y me dijo que como yo trabajaba en la cementera y, además, tenía carné de conducir, me acercase a la Fábrica y trajese la camioneta.
-Y ¿por qué usted, precisamente…?.
-Supongo que, como acabo de decirle, porque trabajaba en Cosmos y sabía conducir.
-¿Para qué necesitaba Iglesias la camioneta?.
Dudó San Miguel.
-Creo que para trasladar a los heridos que llegarían de Ponferrada en el tren.
-¿Cómo sabía Iglesia que iban a llegar personas heridas a Toral…?.
-No lo sé. Como era el alcalde, seguramente alguien se lo comentó.
– Y ¿adónde había que trasladar a esos heridos..?.
-A Villafranca.
-¿Le dijo a usted que había que trasladarlos a Villafranca…?.
-Si. Eso me dijo y, además, añadió que en Toral no había medios para atenderlos.
-Lo que quiere decir que Iglesias sabía que esos heridos eran graves…
-No lo sé.
-Y ¿qué hizo usted?.
-Acaté las órdenes. Era el alcalde y estaban sucediendo cosas muy graves. Iglesias añadió que me acompañarían a la Fábrica otras dos personas.
-¿Quiénes…?
Dudó, de nuevo San Miguel en su respuesta.
-Solamente conozco a uno de ellos, a un vecino de Paradela. No sé su nombre.
-¿Iban armados…?
-Yo, no. El de Paradela llevaba una escopeta de caza. Los otroas, lo supe después, llevaban pistolas.
-¿Esas tres personas que lo acompañaron a la Fábrica estaban en el café con usted…?
-Estaban en la acera, en los veladores que hay en la acera, tomando cerveza. Don José Iglesias salió y les dijo que me acompañasen.
-¿Conocía Iglesias a esas personas…?
-No lo sé… Supongo que al de Paradela, sí. A los otros, quizás, no, porque yo tampoco los conocía. No eran de por aquí…
-¿De qué hablaron durante el camino…?
-De los acontecimientos que estaban ocurriendo en Ponferrada… Lo lógico. Llegamos a Cosmos y allí, a la puerta, le dijimos al Guarda Jurado que veníamos por orden del alcalde, don José Iglesias a llevarnos la camioneta y que tenía que entregarnos el vehículo.

CONTINUARÁ

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