AQUALIM, gota de lluvia

fernando fs [Resolucion de Escritorio]

Un niño bebe agua en un charco de la aldea etíope de Bule Duba

Aqualim, se sabía importante. A veces, hasta imprescindible. Pero nunca nadie había osado invocarla.

En los últimos tiempos, un día sí, y otro también, rondaba por su ánimo la idea de abandonar la repetida rutina del descenso y vuelta al ascenso. Así, sin otro contacto que sus compañeras, las gotas de agua, Aqualim se había propuesto sentir el aprecio de los humanos.

Corrían tiempos otoñales. Aqualim, nuestra insípida y desnuda gota, se encontraba sobrevolando territorio europeo. Cuando el Jefe de Nubes lo creyó oportuno, ordenó un descenso en tromba. Junto a multitud de gotas hermanas, inició el descenso, precisamente sobre una zona muy industrializada. Detuvo la caía el asfalto de una de las calles más transitadas. De inmediato, se sintió rodeada por extraños materiales. Mientras iba incorporando moléculas de las sustancias contaminantes de aquel territorio, no tuvo más remedio que dejarse conducir hasta las alcantarillas, acompañada por repugnantes y fétidos sólidos.

Inmersa en el torrente del colector de pluviales, siguió discurriendo por canales nauseabundos, hasta llegar finalmente a una depuradora. Allí, Aqualim, se sintió maltratada por artefactos maliciosos que, con locos movimientos, intentaban apartar de ella a la mayoría de sólidos que la habían acompañado durante su recorrido. Después de muchas vueltas, giros y más giros y, sin estar suficientemente descontaminada, se encontró, después de un tiempo, que le pareció eterno, dentro del cauce de un río. Horas más tarde pudo alcanzar el mar. Poco tiempo después conseguía vaporizarse, alcanzando su lugar de

costumbre en la atmósfera. Volvía a las órdenes de su Jefe de Nubes. De nuevo, este servicio prestado no era percibido por nadie que supiese apreciar los benéficos resultados aportados.

Y dado que Aqualim peregrinaba por todos los cielos del mundo, coincidió a pasar por el llamado cuerno de África. Conocía que ese territorio llevaba algunos decenios de sequía, La gota suplicó a su Jefe que le permitiese humedecer, siquiera ligeramente, aquellas tierras y a sus habitantes. Conseguido el beneplácito de su Jefe, el día elegido por la gota para participar en tal noble empresa, era más caluroso que de costumbre. El sol se colaba entre las tormentosas nubes intentando deshilacharlas. Por su parte, las nubes intentaban hacerse más compactas, con el fin de ganar la lucha y remojar la sedienta zona. Conseguidas las condiciones adecuadas para iniciar el chaparrón, Aqualim y, aun, otras pocas gotas hermanas, comenzaron a descender y a descender sobre aquella agrietada y polvorienta tierra. Nuestra gota, empujada con levedad por una ráfaga de viento, acabó posándose en los labios apagados, resecos y cuarteados de una niña que, con los ojos abiertos como platos, observaba, con asombro e incredulidad, aquella extraña situación jamás vista ni vivida. El contacto entre la gota y los labios le produjo tal emoción, que la niña, de repente, esbozó una sonrisa, como nunca antes había hecho. Alegre por el acontecimiento, corrió apresurada para decirle a su madre que ya sabía cómo era el agua caída del cielo, que a ella se le antojaba muy distinta de la que a veces bebía en los salobres pozos que por allí se encontraban.

En esta ocasión la gota fue consciente del sentimiento, de sorpresa primero y de alegría después, de la niña que la recibió en sus labios. Durante el tiempo que permaneció en

el interior de la niña percibió todo el bien que ésta consiguió. Poco tiempo después volvió a ascender a los cielos. Buscó a su comandante en jefe, y dio con él. Le habló para rogarle que nunca más le permitiese descender por territorios mal llamados civilizados. Por el contrario, sería una gota feliz si pudiese descender a territorios en los que lograse transmitir alegría sobre aquellos humanos desheredados, que supiesen apreciar las gotas de agua.

Sus ruegos fueron escuchados, y la gota de agua fue enviada, en múltiples ocasiones, sobre aquellas tierras y seres humanos donde era necesaria su presencia, olvidándose para siempre de aquellos territorios opulentos y derrochadores, que la despreciaban.

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