UN DIA PASADO POR AGUA

toni- cabalgamos

MEMORIA DE TORAL

  UN DIA PASADO POR AGUA

002(18)La verdad es que el escribidor de esta MEMORIA DE TORAL -Antonio Pereira llamaba escribidor a toda aquella persona que escribía historias como esta y Mario Vargas llosa tiene un libro titulado LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR- siempre tuvo aficiones histriónicas o, dicho de otra manera, a recitar y, sobre todo, a recitar sus propios poemas porque, no en balde, nadie mejor que uno sabe cómo decir los propios versos.

Esta afición mía viene de muy atrás: de la escuela de don Paco en donde yo disfrutaba más que nadie leyendo poesías como aquella que leíamos en ESPAÑA MI PATRIA, un libro que, sobre todo, en sus lecturas, enseñaba patriotismo y que decía: “- Cuéntame una historia, abuela/ -Siglos ha que con gran saña/ por esa negra montaña / asomó un emperador / Era francés. Su vestido/ formaba un hermoso juego / capa de color de fuego / y plumas de azul color/ -Y ¿qué pedía? / -La corona de León./ Bernardo el del Carpio un día/ con la gente que traía /”Ven por ella”, le gritó./ De entonces suena en los valles / y dicen los montañeses / mala la hubisteis franceses / en esa de Roncesvalles//” Y después, en los recreos, todos queríamos ser Bernardo el del Carpio y luchábamos con espadas de madera que nos 001(36)preparaba Blas Losada.

Otro poema patriótico que aprendíamos de memoria era aquel que decía: “Oigo patria tu aflicción / y escucho el triste concierto / que forman, tocando a muerto / la campana y el cañón//.Esta afición mía -aunque aún vestía pantalón corto- no pasó desapercibida para don Paco que se fijó en mi para recitar una décima o espinela -diez versos- en Villafranca, en una de aquellas magnas reuniones festivas-patrióticas-religiosas, porque la Iglesia siempre estaba presente en este tipo de reuniones y a las que eran muy aficionados los curas de las parroquias y los inspectores del Ministerio de Educación Nacional allá por la década de los años cincuenta del siglo pasado.

A esas reuniones asistían todos los maestros y maestras del Bierzo Bajo acompañando a sus alumnos, así que fuimos a la villa del Burbia vestidos con nuestras mejores galas que, para mí, eran: camisa blanca, pantalón blanco, corto, calcetines bajos y zapatos bien lustrados y, sobre todo, peinado, con raya a la izquierda y las ondas del pelo marcadas, cosa que odiaba -fueron muchos los años luchando con mi pelo para eliminar las ondas- y como yo era un niño modosito, además de bien vestido y educado, don Paco me nombró, además de recitador, abanderado. Es decir, tenía que llevar la bandera de España, enarbolada y, detrás de mí, el resto de compañeros, en manada, y envidiosos. Pero, al llegar a la villa y bajarnos del tren, Paquito Santos, hijo de don Paco y de doña Felisa me quitó la bandera con malos modos, mientras me decía:

-Yo soy el hijo de don Paco y como soy el hijo del maestro, llevo yo la bandera.

Y la llevó con gran disgusto por mi parte y sin poder hacer ni decir nada porque don Paco estaba entretenido hablando con otros maestros y no quería que se le molestase.

No sé en donde comimos y si comimos. Tal vez llevásemos bocadillos de tortilla francesa, de jamón o de mortadela que, por aquellos días se había puesto de moda como entremés.

Yo tenía que recitar y no recuerdo muy bien aquello de la comida. Es de suponer que comiésemos en el Jardín de la Herradura, porque no podía recitar con el estómago vacío y tenía que hacerlo en la Colegiata, subido a una tarima ante la expectación de los trescientos o cuatrocientos niños que asistían a la concentración.

El poema decía: “¿Veis a ese joven rumboso / ignorante y presumido / mal hablado y bien vestido / lenguaraz y licencioso / que echándolas de valiente / blasfema, perjura y miente / con sin igual quijotismo? / Es un joven calavera que nunca en su edad primera / se ocupó del catecismo//.

Sabía los versos de memoria. Había ensayado perfectamente con don Paco todos los gestos comenzando por el primer verso y el primer gesto en el que extendía la mano y señalaba, con el dedo índice, a lo lejos, a alguien: ¿Veis a ese joven rumboso”.

Había perdido el miedo a las tablas o a lo que, años más tarde, llamaría Jorge Valdano, “pánico escénico” y dentro de lo que cabe estaba seguro de mi mismo, a pesar de que siempre fui persona tímida.

Pero, cuando estábamos todos los alumnos perfectamente formados ante la Colegiata, comenzó a llover desesperadamente. Se abrieron los cielos y llovió como si nunca hubiera llovido. Buscamos refugio ente los árboles o dentro de la Colegiata y mojados, calados, empapados hasta los huesos y con la bandera arriada, regresamos a Toral, creo recordar en aquel simpático trenecillo de madera en el que viajaba el cartero Genaro y con el maquinista y el fogonero -como dijo Pereira en un poema- de Monforte.

No pude recitar los versos y lo sentí.

La historia termina aquí. Hoy la recuerdo para MEMORIA DE TORAL por el simple hecho de recordar un tiempo ido.

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