LA LUBINA DE SU EXCELENCIA EL GENERALISIMO (I)

toni- cabalgamos

LA COCINA LITERARIA DE ANTONIO ESTEBAN

LA LUBINA DE SU EXCELENCIA EL GENERALISIMO (I)

LUBINA02 [Resolucion de Escritorio]

Mil novecientos setenta.

Sada era un puerto marinero cercano a La Coruña en donde, cada verano, Franco embarcaba en el yate “Azor” para dedicarse a la pesca.

Este escribidor de crónicas gastronómicas -es decir, yo- por aquel entonces, era un periodista frustrado -aún sigo siéndolo- y veraneaba en Sada.

Había ganado dos certámenes literarios, pero no había publicado en PROA ni en AQUIANA. (PROA era un coto cerrado para noveles y aunque yo ejercía como corresponsal informativo en Villafranca del Bierzo y colaboraba con un pequeño espacio semanal, mis artículos no gozaban del beneplácito del director del periódico y no publicaba todo lo que le enviaba. Exactamente igual me ocurría en AQUIANA, dirigida por Ernesto Fidalgo y en Radio Juventud de Ponferrada que, por aquellos entonces, estaba dominada por Suárez Gutiérrez, perteneciente a la vieja guardia del periodismo berciano y, en las antenas, casi, únicamente, se escuchaba a Victorino Rivera Merayo, que hablaba desde Bembibre a Manuel Pérez Álvarez que enviaba sus crónicas desde Fabero y su cuenca miera y a Manuel Rodríguez y Rodríguez que escribía desde Toral. Yo aún no me había hecho un nombre en las letras bercianas y no contaba para nadie).

Pero, a lo que iba y, lo que iba, era contar lo que me ocurrió hace más de cuarenta años en Sada, durante un verano canicular.

Aguardaba, a la puerta de la casa, para ir a la playa, cuando se acercó un marinero, impolutamente vestido de blanco.

-¿Don Antonio González…? -preguntó.

-Soy yo -respondí- -.

El marinero entrechocó los talones; se cuadró militarmente y me saludó, llevándose la palma de la mano a la sien.

-A sus órdenes -dijo- .

Y añadió, mientras me entregaba un envoltorio:

-Esto, de parte de Su Excelencia.

-¿Qué…? -dije sorprendido- …

-Esto, de parte de Su Excelencia -repitió- .

-¿De parte de quién…..? -insistí- .

-De Su Excelencia, el Generalísimo.

Lo miré, alucinado.

-Pero ¿qué puede mandarme a mi, Su Excelencia el Generalísimo…?

-Una lubina… –explicó el marinero.

-¿Una… lubina…?

-Sí -hizo una pausa- ¿No es usted don Antonio González…?

-Por supuesto. Soy Antonio González.

-Pues, este paquete es para usted, con los saludos de Su Excelencia y los de doña Carmen. Dicen que ya se verán por la tarde.

-Pero…

Al ver mi pasmo, el marinero volvió a preguntarme.

-¿No es usted don Antonio González, el comandante del “Azor”?

-Noooo…Yo soy Antonio González, -por aquel entonces aún no había comenzado a usar el nombre de Esteban- pero no soy el comed ante del “Azor”.

El marinero ,me arrebató de las manos, el envoltorio, mientras unas gruesas gotas de sudor corrían por su rostro deslizándose hasta el cuello. Acudí en su ayuda.

-Creo que a quien buscas -lo tuteé – es a don Antonio González Trigo -y señalé una puerta a mis espaldas…

No sé qué ocurrió después, tras la puerta. Lo que así sé -o me lo imagino- es que Su Excelencia, el Generalísimo perdió la oportunidad de degustar “lubina a la leonesa. Y también sé que el marinero fue salvado de un largo arresto.

CONTINUARA

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