PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (XII)

toni- cabalgamos

juan [Resolucion de Escritorio]

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS   (XII)

El sargento Pérez Pineda se dirigió al guardia civil Carracedo que tecleaba, ininterrumpidamente en la vetusta “Remington” del cuartelillo.

-Anote, en papel aparte,:   -dictó-  investigar el apellido del llamado Daniel, carretero de Cosmos y el nombre del “Calistro” o “Calixto”. Y  no olvide, Carracedo, que “Calixto”, , se escribe con equis.

Miró, de nuevo, a Blas San Miguel.

-Siga usted.

-Creo recordar   -dijo San Miguel-  que había, en el grupo, un tal Pereira, vecino de Requejo.

-Tome nota, Carracedo: conocer el nombre de un tal Pereira de Requejo,  – dijo Pérez Pineda sin dejar de mirar a Blas San Miguel que tragó saliva repetidamente -   Y   -prosiguió-  ¿qué ocurrió después, San Miguel…?

-Dejé la camioneta a la puerta del Centro Cívico y me fui a casa. Mi mujer, seguramente, estaba intranquila…

Pareció dudar.

-Antes de irme, un tal Victorino, de Penedelo, llevó la camioneta al garaje del señor Iglesias, aunque creo que alguien le dio la orden de salir para Ponferrada, pero estaba estropeada. Seguía echando humo. Victorino, cuando volvió del garaje, viendo que yo insistía en regresar a mi casa me dijo que me atuviese a las consecuencias, si no encontraba la manera de arreglar el vehículo. Sí. Exactamente dijo. “Atente a las consecuencias que pueden sobrevenirte, Blas, si sigues insistiendo en irte a tu casa, sin mirar si la camioneta tiene arreglo”. Yo no le hice caso y me marché, sin participar en nada más. Ya ve, sargento, que fui obligado.

Miró al sargento que recorría lentamente, a pequeños pasos, el habitáculo, mientras  pasaba la mano por la barbilla,  perfectamente rasurada …

-Carracedo    -dijo Pérez Pineda tras reflexionar durante unos momentos-  ya sabe cómo debe concluir la diligencia ¿no?.

-Si, don Tomás. “No teniendo  -recitó-  nada más que añadir a lo declarado, se le lee al encausado el escrito.

-Bien. Exactamente es así, Carracedo.

Se volvió a Blas San Miguel

-¿Quiere usted firmar su declaración o prefiere que Carracedo lea lo que ha declarado?.

Blas San Miguel, levantó imperceptiblemente una mano…

-Si es posible, quisiera leerla antes.

Volvió a mirarlo de hito en hito el sargento Pérez Pineda durante unos instantes, después se dirigió al guardia civil que esperaba órdenes con los dedos sobre las teclas de la máquina.

-Dele el documento, Carracedo. Este San Miguel que no tiene nada de santo  -sonrió levemente-   desconfía de la Guardia Civil.

Nemesio Carracedo extrajo del rodillo de la máquina de escribir el documento; separó el papel carbón y la copia y entregó el original  a Blas San Miguel que lo leyó detenidamente, mientras Pérez Pineda lo observaba. Por último, tomó una pluma, la mojó en el tintero que estaba sobre la mesa y firmó con claridad. Después, a su vez, miró al sargenteo.

-Puede usted retirarse Blas, pero no olvide que no puede ausentarse del pueblo sin permiso.

Blas San Miguel no respondió. Salió de la habitación mientras Nemesio Carracedo  aguardaba órdenes, masajeándose los dedos.

-Abra una nueva carpeta  -dijo el sargento-  para el  expediente que estamos incoando.

-Sí, don Tomás

-Y haga pasar al siguiente individuo que hemos citado  -miró un papel que tenía sobre la mesa-   Juan González.

Salió el Guardia Civil y, momentos después, antes de regresar al despacho, aunque había dejado la puerta entreabierta, tocó ligeramente con los nudillos.

-¿ Da usted su permiso, don Tomás?  -dijo-  .

-Adelante.

Entró un hombre joven,  quizás en la treintena y con aspecto retraído.

Tomás Pérez Pineda volvió a sentarse ante la mesa. Colocó con parsimonia unos documentos, ante él, mientras Nemesio Carracedo preparaba   la máquina de escribir.

-¿Es usted Juan González Fernández,  -Preguntó el  Pérez Pineda mirando directamente a los ojos al hombre que estaba frente a él-   con domicilio en Villadepalos?.

-Sí, mi sargento   -respondió Juan con voz débil .

-Responda usted, sí, señor o no, señor. Yo soy sargento para los números de esta Casa Cuartel. Para usted, no soy sargento.

-Sí, señor.

Paseó la mirada sobre el hombre durante unos segundos,  que a Juan le parecieron eternos…

-¿Sabe usted cuál es el motivo por el que ha sido llamado a declarar…?.

-Pues… yo… en realidad…

Interrumpió el sargento.

-Ha sido llamado a declarar por su intervención en los hechos que motivan estas diligencias o sea, por lo ocurrido en Toral de los Vados el veinte de Julio pasado ¿comprendido…?

-Sí, señor  -dijo Juan González inclinando la cabeza sobre el pecho.

– Conteste con claridad a lo que se le pregunta y no olvide que cuanto diga será recogido en las diligencias que se instruyen.

-Sí, señor

CONTINUAR

Capítulos anteriores

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE (I)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS II

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (III)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (IV)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (V)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (VI)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (VII)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (VIII)

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS IX

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS X

PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS (XI)

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