XV PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS

toni- cabalgamos

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La mujer, por su parte, se quitó el vestido floreado, con lentitud, y se dejó caer, al otro lado de la cama, al lado de su marido.

-¿Sabes, corazón…? -dijo- Tenemos que ahorrar un poquito para comprar en CASA AMERICA un sujetador nuevo.

Él, Nemesio, permanecía inmóvil y, durante un buen rato ninguno de los dos volvió a pronunciar palabra.

-Tengo que bajar a la oficina, antes que don Tomás -dijo, por fin- .

-Espera, Neme…

Extendió sus brazos y abrazó, temblorosa, a su marido. Nemesio notó aquel temblor y, a su vez, abrazó a la mujer mientras buscaba el rostro arrebolado de ella y, más tarde, la boca. Y la besó como hacía tiempo que no la besaba, casi con urgencia. Y sostuvo, entre sus manos el rostro de su compañera. Ella pasó los brazos por la espalda del Guardia Civil y se dio cuenta de que ya no era el cuerpo duro de años atrás, pero acarició su espalda con ternura y él correspondió al abrazo.

Se separaron y se miraron francamente

-Creía -dijo ella- que no habría otro momento como este.

-No acabo de creerlo -respondió él.

Afuera comenzó a lloveré, dulcemente, y las gotas de lluvia sonaron con un tamborileo rítmico en los cristales de la ventana.

La mujer jadeó. Él la sujetó por los costados y besó la parte superior de los pechos, por encima del sujetador.

-Mucho tiempo -dijo- Mucho tiempo, Neme…

Nemesio no dijo nada. Había procurado despreocuparse del sexo por sus obligaciones y porque el trabajo lo absorbía.

Dejó de llover con la misma rapidez que había comenzado y un tímido rayo de sol otoñal se posó en la piel de la mujer.

Nemesio volvió a besarla en los senos.

-Mujer…. –acertó a decir- .

Ella aguantó la mirada de su marido. Llevó las manos a la espalda y se soltó el sujetador. Deslizó los tirantes por los hombros y lo dejó caer. Su cuerpo ya no era hermoso. Había pecas en su piel. Tenía los pechos grandes y caídos, pero sus pezones comenzaban a estar erectos. Levantó la cabeza y sonrió. Descubría en su marido el mismo deseo que tenía ella. Se tendió de espaldas y levantó las caderas para que él se introdujese en ella.

-Vamos, Nemesio…

El Guardia Civil se aproximó de nuevo y dejó que ella lo guise. Sintió como si regresase a un hogar lejano del que se había alejado, pero que ahora estaba volviendo a recuperar.

La mujer notó en las entrañas una oleada caliente que se abrió paso hasta su cerebro y sintió en sus pechos las manos del hombre y abrió los ojos. Él inclinó la cabeza para besarla y comenzó a adormecerse acunada, de nuevo por la lluvia que volvió a tamborilear en los cristales de la ventana

CONTINUARA

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