UN LARGO VIAJE AL SUR

toni- cabalgamos

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El Sur al que me refiero, -¡ qué hermosa palabra es la palabra “Sur” que yo suelo emplear en mis versos como en aquella estrofa que dice: “Más al Sur de mi Sur ya no hay nada”- es Málaga y, más concretamente, Marbella.

Era el año 1965 y, el mes, Enero. Cincuenta y dos años ya. Medio siglo largo y este escribidor que está tratando de reordenar los recuerdos de un tiempo pasado, tenía veinticuatro juveniles años y estaba preparado para cualquier aventura o creía que estaba preparado….

No lejos, en el tiempo, mi estancia en Francia de la que seguramente hablaré en otro capítulo y que reflejé en unos versos que a mí, personalmente no me gustan, pero que me han reportado un premio importante en un certamen de poesía:

“… y aprendí qué cosa era la ausencia.

La soledad del vino.

Bocadillos

de pan con pan tan solo.

y supe lo que era un emigrante

hecho a bofetadas y sin Patria.

Conocí el azul de aquellos Alpes

-Valberg en la distancia, te recuerdo-

y el mar más azul, cerca de Niza.

Soñaba con mi Sur…”

Después de esta aventura en Francia, en un largo, larguísimo viaje, atravesando España casi de Norte a Sur, pagado por la OJE, para hacer un cursillo que era un premio inesperado que me regaló el entrañable Manuel Rodríguez y Rodríguez, -don Manolo- a quien yo, por aquel entonces aún trataba de usted, me fui a Marbella.

Cuando llegué a la capital de la Costa del Sol, me dijeron, sonriendo, que un taxi –tuve que ir de Málaga a Marbella en taxi porque perdí el enlace con el autobús- costaba seiscientas pesetas de las de antes, que era un capital importante -tres euros con cincuenta céntimos de hoy- y que pagué a regañadientes.

Allí, en Marbella, me encontré con una veintena de compañeros y fui alojado con ellos en un Colegio Mayor.

Nos levantábamos a toque de cornetín; izábamos banderas y cantábamos aquello que se cantaba entonces: “Prietas las filas / recias, marciales / nuestras escuadras van / cara al mañana / que nos promete / Patria, Justicia y Pan “.

( Aquí, ahora, no me queda más remedio que hacer un breve comentario: ¿Patria?. Se nos va entre los dedos como el agua por un cedazo, el concepto de Patria, que, como dice mi amigo Manuel Cuenya, en lugar de “Patria” deberíamos decir “Matria”. ¿Justicia?. Poco que comentar, porque las leyes parecen estar hechas para los delincuentes. ¿Pan?. Que se lo pregunten a los obreros en paro).

Yo dormía -sigo el relato- en una habitación, solo, porque cuando nos presentamos los unos a los otros, se me ocurrió decir que roncaba -cosa cierta- y nadie quiso compartir habitación conmigo.

Allí, en el Colegio Mayor aprendimos, -entre otras cosas que no servían para nada, por la mañana- a confeccionar -tijeras, pegamento y cartón de colores- una especie de carteles, uno de los cuales, en el que se puede leer, en la foto, la palabra FUEGO , es el mío y el de otros tres compañeros y que logró el segundo premio, un premio simbólico consistente en una MENCION DE HONOR, en palabras del Director del Cursillo, durante la reflexión que hacía por las noches, tras el bajado de bandera.

Por las noches teníamos totalmente prohibido salir del Colegio Mayor, pero, salíamos porque ¿quién puede poner barreras a unos jóvenes veinteañeros y en una ciudad como Marbella, aunque las noches marbellíes de antes no son las de ahora?.

Algunos de nosotros tuvimos suerte y pudimos escabullirnos, varias veces, por una puerta excusada, de servicio, que daba a un callejón. Otros, al regreso de la excursión nocturna fueron pillados “in fraganti” y expulsados automáticamente del colegio ya que el orden y la obediencia eran imprescindibles y nos lo recordaba una frase al lado del escudo de la OJE: “VALE QUIEN SIRVE”.

En una de aquellas salidas nocturnas coincidimos, en una discoteca, con tres muchachas de servir, a las que invitamos -lo recuerdo perfectamente- a “cubalibre con Ron Bacardí y Coca Cola”. Mi pareja se llamaba -también lo recuerdo- Anita Almenta y yo, haciéndome el gracioso le dije si no

preferiría, mejor, una menta que un cubalibre, una menta. Me regaló una sonrisa inexpresiva, como si no supiese de qué estaba hablando.

Día sí y día también, despreciando la comida del Colegio Mayor comíamos en un Bar, un par de pollos asados, comprados en un asador cercano y que estaba ubicado en una de las callejuelas que daban a la zona noble de la ciudad.

Nos bañamos, también, dos o tres veces -a pesar del mes de Enero- en una playa pedregosa desde la que veíamos los yates anclados en Puerto Banús.

Fueron unas vacaciones perfectas, pagadas por la Organización Juvenil española -OJE- a la que yo pertenecía.

El regreso a casa, fue una verdadera odisea o yo, al menos, lo considero así, desde el traslado de una a otra estación en Madrid, un anochecer, y culminó con el tremendo despiste que tuve en Bembibre. Confundí Bembibre -la estación- con Toral. Me bajé. La niebla lo invadía todo, pero, afortunadamente el factor de la estación -un tipo muy amable- me invitó a entrar a la oficina y a sentarme al lado de una estufa alimentada con carbón de islán y me dijo que aguardase la llegada de un nuevo tren. El nuevo tren era el correo de las once y veinte de la mañana, a cuya hora llegué a Toral. Era un domingo soleado del mes de Enero. Yo había hecho un largo, larguísimo viaje al Sur.

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