Miguel Ángel Domínguez Sevillano. Profesor titular de la universidad pública vasca UPV/ EHU/.

Hoy whatsappeamos con: Miguel Ángel Domínguez Sevillano. Profesor titular de la universidad pública vasca UPV/ EHU/.Profesor honorífico de la universidad pública vasca. Director del posgrado de psicomotricidad PEIEIP Bilbao.

Buenas tardes Toño: en primer lugar darte las gracias por acordarte de mí para salir en tu página.

Personalmente me encuentro bien y con muchas ganas de acercarme a VILLADEPALOS y a Ponferrada.

Sobre este COVID19 un pensamiento recurrente me ha acompañado durante todo el confinamiento: Siendo este el tiempo que nos ha tocado vivir se percibe claramente aquello de que :“… El que no recuerdo la historia está condenado a repetirla…”. Hemos repetido la historia por no recordarla: la improvisación, la falta de medios, la banalización inicial del tema ha llevado, probablemente (nunca lo sabremos) a acumular un número de muertos indeseable, trágico… En este contexto me han impactado muchas cosas, y muy particularmente la muerte solitaria de personas en las residencias; inimaginable. Es dramático también el constatar la repercusión de la crisis en los ingresos de los hogares que ha sido de tal envergadura que ha provocado que tres de cada diez hogares no dispongan de ningún ingreso. La crisis del Covid-19 y las medidas de confinamiento han generado un aumento de los conflictos en los hogares y la imposibilidad de compatibilizar el trabajo con el cuidado de hijos: un número importante de dichos hogares con menores de edad ha tenido que renunciar a un trabajo para hacerse cargo de sus hijos y asimismo en esos hogares ha bajado el rendimiento escolar puesto que no cuentan con conexión a internet.

Por contrapartida se han producido situaciones que la historia también nos enseña: el heroísmo y la entrega de los profesionales de la sanidad (600 enfermeras fallecidas en el mundo), la solidaridad que ha emergido por doquier, en toda la geografía española, desde las grandes ciudades hasta en los más pequeños rincones, cuidando los unos de los otros para atenuar las colas del hambre, la falta de recursos, la incapacidad de los mayores de salir de casa y ser atendidos por vecinos etc. etc.

¿Y los niños y niñas? ¡Cuánto han echado de menos el contacto con sus amigos/as, con su familia más extensa, con el sol, con la calle, con la naturaleza!

La necesidad que tienen niños y niñas de relacionarse entre iguales, ya sea en el parque, en la plaza del pueblo o en el colegio es imperiosa. Hablamos muchas veces de la escuela como un lugar para el aprendizaje y nos olvidamos que uno de los principales aprendizajes que hacen allí no tiene que ver con la adquisición de contenidos, sino con la socialización.

Algunos niños y niñas están empezando a “renacer” un poco ahora que pueden salir y empiezan a tener algunos pequeños encuentros con algunos amigos y amigas.

Se les notaba ya cierto agotamiento, apatía, falta de concentración y motivación para los deberes en casa, problemas de sueño, alimentación inestable, enganche pasivo a las pantallas… ¿síntomas de tristeza? Ahora su tono vital va cambiando y aparece un nuevo cansancio…ese cansancio sano que traen de estar en la plaza corriendo, sumergiéndose en el apasionante mundo de los enredos, en la sensación de ingravidez, de liviandad, de felicidad barata, contándose sus cosas cuando se encuentran con sus amigos… Las emociones de alegría, curiosidad e incluso calma después de un gasto de energía corporal, va ganando mucho terreno a esas pequeñas tristezas.

Mediante el juego el niño busca restablecer un equilibrio psico-físico vital. (El desequilibrio previo responde a unas emociones desencadenadas por los acontecimientos y expresa una respuesta provocada por su necesidad de seguridad).

La infancia y pensando en la globalidad que preside la vida del niño: cuerpo-afectividad- inteligencia- se ha visto muy fragilizada por el confinamiento. Es llamativo el hecho de que dicha infancia ha desaparecido a nivel público; se han hecho invisibles. Se ha hablado poco de educación; no se ha pensado en sus problemas. Gracias a la entrega del profesorado (hay que decir que muchos y muchas en soledad) con propuestas online y otras – cada profesor/a en su cubículo – han colaborado en que el sentimiento de orfandad de los chiquitines se atenuara. No han existido propuestas colectivas.

¿Y cómo lo han vivido?

He leído de un buen amigo, Vicenç Arnaiz que: “…Muchos niños tienen hambre de amigos. Están anémicos por carencia de dosis de amistad…”

Es posible que para ciertas familias ha tenido que ser una ocasión excelente para vivir de un modo permanente un encuentro familiar, algo no factible en lo que era la vida habitual cotidiana. Ello, claro, si se acompañaba de unas buenas dinámicas creativas acompañadas de un vínculo potente.

Posiblemente en otras familias no fue así por la alarma que había suscitado el virus, alarma que no se puede ocultar y que los niños perciben; eso se transmite y el miedo aparece; las familias no tienen que transmitir miedo pero… De ahí se derivarían dificultades de atención, de equilibrio afectivo, dificultades de sueño y posibles regresiones hacia momentos en que el niño vivía el bienestar de una vida feliz y segura, con ausencia del miedo. Ello, lógicamente, ha conllevado menos autonomía y una cierta confusión; se habrían perdido rutinas, horarios y ello generaría una ansiedad colectiva; llegado un momento, esa ansiedad se cronifica y aparece la angustia y la tristeza, vislumbrándose la falta de motivación, el dolor por la pérdida, pérdida de los amigos, de las relaciones afectivas ya que lo más importante una vez que los niños no están en el núcleo familiar son los amigos.

Posiblemente habrán existido familias en que los padres habrán tenido muchas dificultades para saber cuidar y habrán necesitado la ayuda de una mano amiga.

¿Qué se puede pensar para el futuro? Que la comunidad educativa ayude; emitir propuestas claras con respecto a la inmersión de los niños en ambientes y climas convenientes y oportunos, es decir con su cuerpo en actividades al aire libre y en un

ambiente natural. Que se estructuren y dinamicen proyectos claros, lúdicos y solidarios de tal manera, reitero,que el niño pueda trabajar con el cuerpo y jugar, jugar, jugar… (Cuenta una maestra que “en mi barrio he visto jugar a niños y niñas a matar el coronavirus”)

Quizá (es una sugerencia), y pensando en fechas venideras, sería importante que en cada entorno educativo se pueda vivir el duelo de toda esta pérdida (al igual que los adultos, y ellos mismos, los niños, tienen que vivir el duelo de la pérdida de sus mayores…). Para ello se podrían elaborar estrategias que permitan rememorar y revivir lo acontecido, poniendo palabras, a través de encuentros, diarios, fotos etc. y así poder evocar con un humor las situaciones vividas.

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