XVI PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS

toni- cabalgamos

Cuando Nemesio Carracedo, que había actuada decididamente en los sucesos acaecidos en Julio, en Ponferrada, concluyó su escaso condumio, pidió, como siempre, café a su mujer.

-¿Café, Nemesio…? -dijo ella mientras su rostro se iluminaba con una triste sonrisa- ¿Café?. No tenemos café. No hay café para nadie o para casi nadie -matizó- en este país. Tendrás que conformarte con malta.

Recogió las últimas migajas de pan que habían quedado sobre el hule a cuadros que servía de mantel y añadió:

-No hay café, excepto, claro, para los falangistas que siempre dieron café -matizó la palabra- a todos los que no eran de sus ideas.

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El sargento Bienvenido y las anguilas de Portomarín (I)

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LA COCINA LITERARIA DE ANTONIO ESTEBAN

Antonio Rodríguez Navia  -mi amigo Antonio Rodríguez Navia-  decía que el sargento Bienvenido, comandante del puesto de la Guardia Civil era la persona que más mandaba en el contorno, desde Paradela hasta Sarria y aún

más allá.
El sargento Bienvenido, además de ejercer como sargento, era una persona amante de la buena mesa y razonaba así:
-Si yo digo que la mejor forma de degustar las anguilas es como las preparan por aquí, esa verdad va a Misa.
E iba a Misa. Creía en sus palabras, pero mi relación con el sargento Bienvenido no había sido cordial, en un primer momento.
El conducía, a veces, aun estando de servicio, un “Mercedes” y, en cierto momento de su vida laboral  -y de la mía-  me acusó de haberlo aquellos versos.

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DON JULIO BENAVIDES

toni- cabalgamos

Don Julio,

Mi relación con don Julio Benavides Rubio, en contra de lo que pudiera parecer -las apariencias , a veces, engañan- no fue una relación normal. Y me explico: cuando falleció mi padre, don Julio, olvidando aquello de la caridad cristiana de enterrar con dignidad a los muertos, me dijo:

-Tu padre no asistía a Misa y, por lo tanto no tiene derecho a cruz procesional en el entierro.

Quedé estupefacto, lo reconozco, pero me repuse y encarándome con él, le respondí:

-Eso, ya lo veremos. Voy a llamar al Obispado y explicarle lo que usted me ha dicho y ya veremos si en el entierro hay cruz o no hay cruz ..

Yo no iba a llamar al Obispo y, por supuesto, no lo hice, pero la amenaza dio resultado y la cruz presidió el entierro.

Años más tarde hubo otra historia similar, al fallecer mi madre.

-Búscate -me dijo- un sacerdote que oficie. Yo tengo un viaje y no puedo hacerlo.

Supuse que, en todo caso, tendría que ser él quien buscase sustituto, pero no lo hizo, así que pedí a don Dámaso, párroco de Cacabelos que oficiase en el entierro. Don Dámaso no opuso dificultades e, incluso, hizo un panegírico elogioso de la difunta.

Todo lo anteriormente narrado es verídico, pero no quiero que mis recuerdos me ofusquen e influyan negativamente en esta MEMORIA DE TORAL ni en el concepto que los feligreses tengan de don Julio Benavides que, de Dios haya, ,como decía él.

Cuando don Julio se hizo cargo de la parroquia quiso, estoy seguro, cambiar muchas cosas entre la juventud, para atraerla, pero don Julio no era, precisamente un cura que atrajese a los jóvenes.

En un primer momento habló de la atmósfera perniciosa de bares y cafés en donde, entre otras cosas, se jugaba dinero, así que compró un televisor en color para que pudiésemos ver , los domingos, fútbol y lo instaló en la Casa Rectoral y nos invitó. Únicamente fui yo. Y no volví porque ninguno de mis amigos quiso ir conmigo.

En la Misa de los domingos pronunciaba una homilías horrorosamente largas y farragosas, imposibles de soportar, así que la juventud, que, habitualmente, ocupábamos los últimos bancos de la Iglesia, salíamos a la escalera a fumar uno de aquellos cigarrillos -CHESTER- que habíamos ganado en el Bar de Selo, el “Peonés” jugando al futbolín y durante la homilía, charlábamos de nuestras cosas o intercambiábamos novelas del Oeste.

Pero, con don Julio -tal vez por eso su inquina contra mí- tuve algún que otro desencuentro como el que ocurrió durante los ensayos de MURIO HACE QUINCE AÑOS, una obra de teatro de la que escribí hace algún tiempo en esta misma sección y a ella los remito.

Puedo recordar, también, el navajazo que propició a un perro y que le valió un sobrenombre que no quiero recordar y que lo acompañó durante su estancia en Toral. Yo se lo reproché un día, entre sonrisas, porque el perro pertenecía a Luciano Sevillano, panadero de Villadepalos que jugaba al fútbol -y muy bien- con nosotros, en el R.C.D. Relámpago.

Aquella tarde -lo recuerdo perfectamente- estábamos jugando en el Campo de la Feria -aún existían los negrillos- y el perro interrumpió con sus ladridos, el rezo del Rosario que él dirigía.

Don Julio, moviendo airoso la sobrepelliz, salió de la Iglesia, se acercó al perro y le lanzó con arte una navaja, abierta, que quedó clavada en el lomo del chucho que salió huyendo con el rabo entre las piernas como suele decirse.

Hay más historias sucedidas entre el cura Benavides Rubio y este que escribe, pero, sobre ellas quiero correr un tupido velo. Tal vez sea en otra ocasión, momento de contarlas.

xv PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS

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Imagen

El guardia civil Nemesio Carracedo Prieto subió, de dos en dos, los viejos escalones de madera que lo conducían a su pabellón, en la Casa Cuartel de Toral de los Vados.

Abrió la puerta, que rechinó, con el llavín que sacó el bolsillo de su pantalón y la cerró casi con violencia. Dejó el tricornio sobre una silla; se quitó el correaje y depositó, junto a él, la pistola reglamentaria, tras colocar el seguro. Después, desabotonó la guerrera y entró al cuarto de baño para lavarse las manos y descargar la vejiga, mientras escuchaba, en la cocina. a su mujer preparar los platos para la comida. Oyó que ella preguntaba:

-¿Ya estás en casa, Nemesio…?.

Nemesio se pasó la mano por el pelo que comenzaba a clarear y respondió con voz monótona:

-Sí. Ya estoy aquí. ¿Quién iba a ser si no…?

Y, sin pausa.

– ¿Comemos?. ¿Qué has preparado para hoy…?.

-Bacalao. Bacalao cocido y patatas. Hice salsa de tomate para echar por encima.

-¿Has encontrado tomates…?. –se extrañó el hombre- .

-Siempre hay tomates para la mujer de un guardia civil..

Hizo una liguera pausa mientras colocaba los platos en la mesa.

-¿Cómo ha ido hoy el trabajo, Nemesio…?.

-Este hombre… -comenzó a decir el guardia civil mientras miraba con desconfianza la puerta- Este hombre… este tío es un hijo de puta, un grandísimo hijo de puta. Me ha liberado de todos los servicios de armas, sí, y me dedico, únicamente, a las diligencias en la oficina porque soy el único Guardia Civil que maneja un poco, solo un poco, la máquina de escribir, pero no me deja respirar. Tengo que estar pendiente, en todo momento, de él y de las respuestas de aquellos a quienes interrogamos y escribirlas correctamente porque me recuerda constantemente el Reglamento. No puedo… -contempló a su esposa en silencio mientras preparaba los vasos- no puedo equivocarme en lo más mínimo. Hoy, mientras tomaba declaración a uno de los encausados, miró por encima del hombro y me dijo que la palabra “Belarmino”· se escribía con “b” y recalcó: “Con “b” alta, Carracedo. Con “b” alta.

Sonrió la mujer con benevolencia.

-Tiene razón, Nemesio. Belarmino se escribe con “b”.

Nemesio desdobló una servilleta que hacía juego con el mantel y la colocó sobre las rodillas..

-Y, bueno, verás, en eso, tengo mis dudas ¿sabes?. Creo que hay una regla ortográfica que dice que los nombres propios no siguen ninguna regla.

Dudó.

– Eso creo.

Sonrió la mujer con suficiencia.

-Existe esa regla, pero se refiere a los apellidos y no a los nombres. Nosotros, por ejemplo, escribimos el apellido Balboa con dos “bes” y, sin embargo, yo creo, que debe escribirse, la primera con “uve”, porque proviene la palabra de “val” o “valle”, en gallego y la segunda con “b” porque procede, también, del gallego “boa”. Al menos esa es mi apreciación, Nemesio.

-Es posible… -dijo Nemesio con voz cansada- Es posible. Si tú lo dices.. ,pero, mira, a veces, el cansancio hace que equivocadamente, los dedos busquen una letra por otra..

-No te preocupes y vamos a comer. Por cierto, hoy don Juan García tenía cerrado el horno y el pan es de ayer… Ya sabes que comenzamos a tener problemas con la harina. Eso , me dijo .. ¡Ah¡ y, tranquilízate… No tomes a don Tomás en serio. Te ha liberado del servicio de armas. No haces servicio de puertas ni viajas en el tren de haciendo vigilancia que, es un servicio peligroso. Vaya una cosa por otra.

Nemesio hundió un pedazo de pan en la salsa que cubría las patatas, antes de llevárselo a la boca..

-¿No tenemos vino…?. Sírveme un vaso..

-No. No tenemos vino. Es imposible hacerse con él. No lo hay ni siquiera para las mujeres de un Guardia Civil.

Nemesio, entonces comenzó a comer y guardó silencio.

CONTINUARA

LAS SETAS DE ABRIL PARA MI, LAS DE MAYO PARA MI AMO, LAS DE JUNIO PARA NINGUNO

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LA COCINA LITERARIA DE ANTONIO ESTEBAN

LAS SETAS DE ABRIL PARA MI, LAS DE MAYO PARA MI AMO, LAS DE JUNIO PARA NINGUNO

Dice Ángel Muro en EL PRACTICON que cada pueblo tiene afición a un determinado alimento y que los franceses, por ejemplo, son muy aficionados a las setas -comida de dioses- pero, también hay que decir que todo lo que tienen de manjar agradable lo tienen de peligroso.

Un claro ejemplo de su peligrosidad es el trágico fin del nuncio papal de Pio VII en París, monseñor Caprara que, mientras paseaba con Napoleón I por el parque de Vincennes, recogió setas, las llevó a casa, las guisó y las comió sin invitar a nadie. Murió a las dos horas, presa de horribles convulsiones.

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EL SANTO DE DON PACO SANTOS

toni- cabalgamos

MEMORIA DE TORAL

21Yo tuve una relación de amor/odio, -lo confieso ahora- en mis últimos años de escuela en Toral con don Paco, el maestro, cuando asistía a su escuela particular, en el Ferradal, en la casa de Digón, en donde, posteriormente, estuvo el Ayuntamiento.

-Por ocho duros al mes , – veinticinco céntimos de euro, hoy- señor Pepe, -le dijo don Paco a mi padre- Toñito aprenderá a resolver problemas de interés simple o compuesto y eso le vendrá bien para el día de mañana, cuando se haga cargo del comercio.

Papá asentía.

-Me parece bien, don Paco.

Hacía una pausa mientras encendía por enésima vez la pipa y continuaba:

-Y ¿lo de los tanto por ciento ?. Ya sabe usted que en un comercio como el nuestro, tendrá que conocer los tanto por ciento.

Papá no sabía que yo no quería ser comerciante como él. A mí lo que me gustaba era ser futbolista como Ricardo, el de Amando o Albertín o Pepín “Tacones” o como Epi que jugaba en el Valencia -Epi, Igoa, Mundo, Asensi y Gorostiza- como extremo y también me gustaba escribir en Proa, un periódico, según decían, del Movimiento, un Movimiento que no se movía.

-Y le enseñaré a resolver problemas de tanto por ciento o sea, la regla de tres simple y hará dictados de EL QUIJOTE.

A don Paco le entusiasmaba hacer dictados de EL QUIJOTE porque era la mejor manera, según él, de aprender ortografía.

-¿Sabe, señor Pepe…? -le confiaba don Paco a papá- A mi no me sirve que los alumnos aprendan de memoria las reglas de la Ortografía o sea, que antes de “p” o de “b” se escribe “eme” o que se escriben con “b” todos los verbos acabados en –bir, menos hervir, servir y vivir y sus compuestos y derivados.

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XIV PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS

 

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juan [Resolucion de Escritorio]

El sargento Pérez Pineda se levantó del sillón que ocupaba y golpeó la mesa
-No mienta, Juan González.
Hizo una pausa mientras clavaba los ojos en el hombre que estaba frente a él
-No mienta. Diga la verdad. La escopeta estaba cargada y usted lo sabía y por eso lo dejaron con ella como vigilante y con la orden de disparar si se acercaba alguien.
Se hizo un silencio en la habitación.
-Yo…. –trató de disculpase González- Yo… no sé… No recuerdo si la escopeta estaba o no estaba cargada.
Pérez Pineda no quiso profundizar en el tema y dijo:
-Pues procure recordar todo… ¿Qué ocurrió a continuación..
-Cargaron en la camioneta que estaba aparcada en la carretera varias cajas de dinamita que habían sacado del polvorín
-¿Estaba abierto el polvorín…?
-No lo sé. Yo estaba un poco lejos de allí y me preocupaba de vigilar si llegaba alguien, como me habían dicho…
Hizo una pausa
-Creo que forzaron la puerta. Me pareció que Eduardo Castañón le daba a alguien, creo, una barra de hierro para que forzase la entrada al polvorín…

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